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lunes, 25 de noviembre de 2019

balcones


Me gustan los balcones.

Me gusta tener mi propio balconcito y también me gustan los balcones ajenos.

Hoy mi vecina de en frente ha salido al suyo y se ha sentado en una silla de plástico mientras hablaba por teléfono. El tendedero estaba plegado en una esquina. Muchas veces la veo tendiendo o recogiendo la ropa, o regando las macetas, y eso me hace sentir bien. Me gusta imaginar el olor de la ropa recién lavada, el tipo de suavizante que usará. Me gusta saber que las flores están bien cuidadas.

Hoy no había ropa que recoger. Salió con una vieja sudadera remangada hasta el codo, aprovechando los rayos de sol de las 4 de la tarde. Asentía y sostenía el teléfono muy pegado a la cara, como si quisiera colarse en el otro lado de la línea.

Me agrada la gente que sale con regularidad al balcón, me gusta verlos y que me vean, ser conscientes de nuestra mutua presencia en este gran enjambre de balconcillos anónimos extendiéndose a lo largo de la calle.

Pienso en los balcones como saloncitos al aire libre en los que cada cual atiende a sus propios asuntos disponiendo siempre de esa compañía silenciosa que tanto reconforta a los animales sociales.

Me gusta poder asomarme a su día a día, y me pregunto qué pensarán de mí. Con mi chándal viejo, con el pelo recogido en un moño, comprobando si la ropa ya está seca.

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