Me gustan
los balcones.
Me gusta
tener mi propio balconcito y también me gustan los balcones ajenos.
Hoy mi
vecina de en frente ha salido al suyo y se ha sentado en una silla de
plástico mientras hablaba por teléfono. El tendedero estaba plegado
en una esquina. Muchas veces la veo tendiendo o recogiendo la ropa, o
regando las macetas, y eso me hace sentir bien. Me gusta imaginar el
olor de la ropa recién lavada, el tipo de suavizante que usará. Me
gusta saber que las flores están bien cuidadas.
Hoy no había
ropa que recoger. Salió con una vieja sudadera remangada hasta el
codo, aprovechando los rayos de sol de las 4 de la tarde. Asentía y
sostenía el teléfono muy pegado a la cara, como si quisiera colarse
en el otro lado de la línea.
Me agrada la
gente que sale con regularidad al balcón, me gusta verlos y que me
vean, ser conscientes de nuestra mutua presencia en este gran
enjambre de balconcillos anónimos extendiéndose a lo largo de la
calle.
Pienso en
los balcones como saloncitos al aire libre en los que cada cual
atiende a sus propios asuntos disponiendo siempre de esa compañía
silenciosa que tanto reconforta a los animales sociales.
Me gusta
poder asomarme a su día a día, y me pregunto qué pensarán de mí.
Con mi chándal viejo, con el pelo recogido en un moño, comprobando
si la ropa ya está seca.
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