Me gusta el edificio de en
frente porque cambia de color cuando llueve. Pasa del gris pardo a un
cenizo oscuro que va descendiendo desde la terraza hasta el portal,
chorreando lentamente.
También me gusta la familia
del tercero. Nunca he visto sus caras, pero veo cómo cenan alrededor
de la mesa del salón.
Nunca entendí a quienes se
inspiran lejos de la civilización, lejos del mullido bullicio de los
coches y la gente.
Son sus vidas
las silenciosas conexiones,
las conversaciones con la
camarera
el seguro avance de la
barrendera
las miradas que cruzamos
las idas y venidas
los
silencios en el bus
lo único
que
nos
mueve.
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