En este remanso de paz,
el rincón que mece y acuna
mi cuerpo marchito,
las hojas se estremecen
al son del viento invisible.
Calma.
Hay una luz encendida
en la huerta de San Vicente
número seis.
Hay una sombra ausente
apostada
en el quicio de la puerta.
No.
Hoy no voy a entrar.
Me quedaré aquí
y te contaré historias con
los ojos
y los muros sordos
podrán oírlas.
Calma.
Vengo a cantarte con las
manos
lo que no puedo decir a viva
voz.
Vengo a dejarme caer,
a preguntar sin
interrogantes
cómo amaneciste hoy.
Ruido lejano.
Vengo a ser
tu silenciosa compañía,
tu muda cómplice.
Vengo a guardar tus secretos
y a confesarte los míos.
Calma.
Ya no hay luz, me dije,
no queda luz.
Está aquí, gritaste.
Pero lo hiciste
en apenas un susurro.
Quizás si...
Confieso
que he estado a punto
de no oírte.
Que he estado a punto
de no volver.
Calma.
Y la luna
- tu luna, siempre será tu
luna-
asoma entre las hojas del
limonero
en un eterno agosto
que congelaste al marchar.
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